martes, 29 de marzo de 2011

Derechos fallidos (extracto).

He estado trabajando en un texto sobre un tema que a últimas fechas me inquieta de manera muy especial. Dicho texto se ha extendido más allá de lo planeado -e incluso de lo razonable para cumplir con su propia naturaleza- por lo que comienza a insinuárseme como tema de un ensayo. Ya veremos. Sin embargo, no he querido postergar la publicación de la idea, por lo que opté por "exprimirlo", intercambiando elegancia y retórica por pragmatismo.
Entrando en materia, he de decir que cada nuevo avance tecnológico ha dejado de emocionarme como antes sucedía conmigo. Sigo siendo un enamorado de los gadgets y de cualquier cosa que huela a tecnología, pero por el contrario, me encuentro consternado al repentinamente sentirme inmerso en un medievo bien maquillado, encubierto, disfrazado.

Nací en la Ciudad de México por allá de 1975, producto de una curiosa mezcla de refugiados provenientes de distintas latitudes. Al abrir los ojos por primera vez, yo ya contaba con un interesante paquete de derechos, cortesía de Estado. Eso no es raro; a todos les pasa. Sin embargo, dicho paquete habría sido distinto si mi nacimiento hubiese sucedido en alguna de las lejanas tierras de mis antecesores. Quizá mejor, quizá peor, pero con toda seguridad, distinto. Conforme crecí, me fueron impuestas también distintas obligaciones.

En la actualidad, tengo que contar con una licencia para conducir un automóvil, pagar impuestos en cada producto que adquiero, pedir permiso para abrir y operar un negocio, adquirir la tierra en la que vivo, obtener un pasaporte si deseo salir del país, caminar vestido por las calles. Tengo que someterme, junto con otros 110 millones de mexicanos, a los designios de un grupo de gobernantes quienes, en principio, tienen la responsabilidad de ocuparse en el bienestar del país, pero que por lo contrario, resulta bastante común que únicamente operen para sus propios intereses percibiendo un sueldo por parte del Estado. Lo sé: hasta este punto, el lector no habrá encontrado nada nuevo. Y quizá sea eso lo preocupante.
La realidad es que cuando yo nací, nadie me preguntó si aceptaba las reglas del juego. Estaban allí y todas las personas las seguían, pues como yo, eran parte de ellas desde su mismo nacimiento. Nadie pidió mi visto bueno para determinar la tasa de IVA, o para discutir si el petróleo puede ser privatizado. No me preguntaron si estaba de acuerdo con la prohibición de bloquear las vías públicas, ni con la omisión en el cumplimiento de dicha norma. Simplemente nací, crecí, y hoy estoy aquí, junto a otros 110 millones a quienes tampoco les preguntaron nada.

No estoy en contra de los impuestos, ni de las leyes, ni de las regulaciones formales e informales. Pero en definitiva lo estoy en estar obligado a ser parte de este sistema, me guste o no. ¿En dónde está el contrato? ¿En dónde está la aceptación? ¿El libre albedrío? ¿Por qué tengo que apegarme a lo establecido, y en caso de no hacerlo habría que pagar consecuencias?
En todo el mundo es así. En algunos países, las personas están satisfechas con sus gobiernos. No en México. La realidad es que yo sería una persona mucho más comprometida si pudiera acordar los términos aplicables, aceptando en alguna parte del proceso operar bajo las reglas aplicables. Si quiero jugar tenis, he de seguir las reglas del juego, y si no me gustan, podré elegir fútbol, basquetbol o golf, con todo y sus respectivas reglas.

Aquí el juego se llama México, y no es posible -de menos para la mayor parte de las personas- elegir otro con reglas más acordes a su ideología. El derecho a la migración sería una solución razonada mediante el cual cada persona podría comprometerse a aceptar y desempeñarse bajo las reglas aplicables por el Estado elegido. Entonces, cada persona habría podido elegir el marco legal, político y social en el que quisiera participar. Algún simpatizante del populismo podría vivir en algunos países de América del Sur, mientras que los ultra capitalistas podrían desenvolverse bien en Norteamérica. Y así, un chino a quien le amputan la mano por robar un pan para tratar de hacer frente al hambre de su familia, no podría defenderse argumentando su desacuerdo con vivir en ese país y con las condiciones de dicho acto.

Mientras tanto, ni México ni ningún otro país permite la elección por conveniencia de su nacionalidad. Por el contrario, las naciones guardan el acto de nacionalización como uno de sus recursos más preciados. ¿Tan valioso resulta ser mexicano? De corazón, podría responder afirmativamente, pero si me invitan a incursionar en un análisis ligero, me temo que no.
Quizá en el futuro se suavicen las fronteras y los estados descubran que lo más conveniente es mantener a las personas que quieren ser parte de ellos y desprenderse de quienes prefieren otra opción. En tanto ello no suceda, nos resta someternos a lo establecido, y agradecer el haber superado el derecho de pernada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario